Pablo Emilio Obando A.
Lo hemos expresado en infinidad de ocasiones y hoy lo hacemos una vez más: “hay momentos en la vida de los pueblos en los que resulta necesario detenerse, mirar alrededor y formular una pregunta incómoda: ¿estamos escogiendo siempre las mismas respuestas para problemas que ya cambiaron?”.
Nariño atraviesa uno de esos momentos.
No basta con repetir el viejo inventario de nuestras dificultades: las vías que se cierran, la fragilidad económica, las brechas entre territorios, las dificultades de seguridad, la escasa conexión con los grandes mercados, las desigualdades entre el centro y la periferia, la falta de continuidad de muchos proyectos y esa sensación persistente de que el departamento tiene enormes posibilidades, pero no termina de convertirlas en desarrollo.
La pregunta, entonces, no debería ser solamente quién quiere gobernar a Nariño. Debería ser qué clase de liderazgo necesita Nariño.
Y esa pregunta obliga a mirar más allá de los partidos, de los apellidos conocidos, de las alianzas electorales y de ese extraño mecanismo de nuestra política regional mediante el cual el poder parece pasar, casi siempre, de unas manos a otras, dentro de un círculo relativamente cerrado.
Quizás ha llegado el momento de abrir la conversación.
No para desconocer la experiencia política, sino para complementarla con conocimiento, capacidad técnica, visión territorial y una comprensión diferente de lo que significa gobernar un departamento tan complejo como el nuestro.
En ese contexto aparece un nombre que merece ser puesto sobre la mesa y sometido, precisamente, al escrutinio de la sociedad nariñense: Mario Cepeda Bravo.
No se trata de presentarlo como un salvador —Nariño no necesita salvadores— ni de convertir una eventual candidatura en un acto de fe. Se trata de preguntar si una persona con una trayectoria académica, profesional, periodística y regional diferente puede aportar una conversación distinta sobre el futuro del departamento.
Su hoja de vida académica es significativa: abogado y especialista en Derecho Constitucional por la Universidad Nacional de Colombia; magíster en Estudios Políticos por esa misma universidad; especialista en Gestión Regional del Desarrollo y magíster en Planificación Urbana y Regional por la Universidad de los Andes. A ello se agregan estudios de liderazgo y competencias directivas en la Universidad Complutense de Madrid, formación en negociación persuasiva, programas de ONU Mujeres y UNICEF, entre otros procesos de formación complementaria.
Pero una hoja de vida no gobierna un departamento.
Gobiernan las personas, sus equipos, sus decisiones, su capacidad para escuchar, negociar, ejecutar y responder ante la ciudadanía.
Y allí aparece otro elemento de la trayectoria de Cepeda Bravo: el periodismo.
Como director y fundador de Página 10 ha construido durante años un espacio de opinión y debate alrededor de los problemas regionales. Sus columnas han abordado asuntos tan diversos como la crisis de gobernabilidad, el desarrollo territorial, el centralismo, la relación de Pasto con los demás municipios, la infraestructura, la paz, la economía rural, la ciencia, la tecnología y la integración del Pacífico.
En “Nariño: hay que deconstruir el mito de la periferia”, por ejemplo, plantea que el departamento no puede continuar construyéndose únicamente desde el discurso de lo que le falta y propone comenzar a reconocer aquello que tiene y aquello que puede ofrecer.
En “El centralismo pastuso” formula una pregunta todavía más incómoda: si cuestionamos el centralismo de Bogotá, también deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo con el centralismo dentro del propio departamento. Ipiales, Tumaco y los demás territorios no pueden quedar subordinados permanentemente a una mirada concentrada en Pasto.
Y en “Pasto, ciudad-región” plantea una concepción de la capital no como centro que domina, sino como puente entre el Pacífico, la cordillera, la frontera y la Amazonía.
Eso merece ser discutido.
También merece discusión su reciente insistencia en que Nariño debe entrar en una nueva era del conocimiento: incorporar tecnología, investigación e innovación a la producción agropecuaria, fortalecer la relación entre universidad, empresa y Estado y mirar hacia mercados y experiencias internacionales sin perder nuestra identidad regional.
Y hay una idea particularmente sugestiva: recuperar para Nariño una visión de largo plazo. En su propuesta sobre el corredor Tumaco–Puerto Asís–Belém do Pará sostiene que las grandes obras de integración no deberían depender de la ideología del gobierno de turno, sino convertirse en proyectos de Estado, con estudios, financiación, continuidad institucional y participación territorial.
Ahí está quizás el verdadero debate.
¿Puede Nariño darse el lujo de seguir pensando su futuro únicamente en períodos de cuatro años?
La política electoral cambia. Los gobiernos cambian. Los partidos cambian. Pero las necesidades de un territorio permanecen.
Por eso resulta pertinente abrir una conversación con los gremios, las universidades, los empresarios, las organizaciones sociales, los alcaldes, los concejales, los dirigentes comunitarios, los profesionales, los jóvenes, las comunidades indígenas y afrodescendientes, los habitantes del Pacífico, los sectores productivos y, especialmente, con los ciudadanos de los 64 municipios.
No para pedirles una adhesión anticipada.
Para pedirles algo mucho más importante: pensar.
Pensar si Nariño necesita continuar reproduciendo las mismas formas de hacer política o si está preparado para explorar otras.
Pensar si los equipos de gobierno deben conformarse fundamentalmente por cuotas políticas o si los partidos, los gremios, las universidades y las organizaciones sociales podrían ayudar a identificar profesionales con conocimiento demostrado para dirigir sectores tan sensibles como educación, salud, agricultura, turismo, infraestructura, ambiente, desarrollo económico, pesca, asuntos del Pacífico y relaciones internacionales.
La idea atribuida a Cepeda Bravo de hacer públicos durante la campaña los perfiles de quienes eventualmente integrarían su gabinete introduce precisamente esa discusión: que la ciudadanía conozca antes de una elección no solamente el nombre del candidato, sino también el equipo con el que pretende gobernar.
Eso cambiaría, al menos en principio, la conversación.
Porque no es lo mismo preguntar “¿quién será gobernador?” que preguntar “¿quiénes van a gobernar y con qué capacidades?”
La Costa Pacífica merece, además, una mirada particular. Tumaco, Barbacoas, El Charco, Francisco Pizarro, Mosquera, Olaya Herrera y los demás territorios del litoral no pueden aparecer en el discurso departamental únicamente cuando llegan las elecciones. El mar, la pesca, la biodiversidad, el turismo, los puertos, las relaciones internacionales y la posición estratégica de Nariño frente al Pacífico deberían ocupar un lugar central en cualquier proyecto serio de departamento.
Lo mismo puede decirse del norte, del sur, de la cordillera, de la frontera y de la región andina.
Nariño no es una sola realidad.
Es un mosaico territorial, cultural, económico y humano que requiere una gobernanza capaz de reconocer sus diferencias y, al mismo tiempo, construir propósitos comunes.
Por eso resulta legítimo preguntar si estamos ante la necesidad de una nueva generación de liderazgos.
No necesariamente jóvenes por edad, sino nuevos por mentalidad.
Liderazgos capaces de dialogar con quien piensa diferente. Capaces de convocar a un empresario y a un campesino, a un académico y a un dirigente social, a un alcalde y a una organización comunitaria. Capaces de entender que la política no puede reducirse a la repartición de cargos y que la administración pública no puede convertirse en premio para los vencedores electorales.
Nariño necesita conocimiento, pero también necesita sensibilidad.
Necesita técnicos, pero también necesita políticos capaces de conversar.
Necesita gestión nacional, pero también una visión propia.
Necesita recursos, pero igualmente necesita capacidad para convertirlos en proyectos, obras, oportunidades y bienestar.
Y necesita, sobre todo, dejar de conformarse.
Mario Cepeda Bravo puede ser, o no, la respuesta a esa discusión. Esa decisión no corresponde a una columna ni a un columnista. Corresponde a los ciudadanos.
Pero su eventual aspiración a la Gobernación de Nariño sí merece ser conocida, estudiada, contrastada y debatida.
Su formación académica es pública. Sus columnas están allí. Sus posiciones sobre desarrollo regional pueden leerse. Sus propuestas pueden discutirse. Su trayectoria periodística puede ser examinada. Y, como cualquier aspirante a dirigir los destinos del departamento, deberá responder por sus ideas, sus equipos, sus capacidades y sus resultados esperados.
Eso es precisamente lo que necesita una democracia regional madura: menos adhesiones automáticas y más preguntas.
Quizás la verdadera novedad no sea encontrar un nuevo nombre para la vieja política.
Quizás la novedad consista en preguntarnos si somos capaces de construir una política nueva.
Una política donde el gobernador no sea el jefe de una facción, sino el articulador de un territorio.
Donde los secretarios no lleguen únicamente por recomendación, sino que puedan demostrar conocimiento y resultados.
Donde Pasto comprenda que su grandeza depende también de la grandeza de Tumaco, Ipiales, La Unión, Túquerres, Sandoná, Samaniego, Barbacoas, El Charco, Cumbal, Ricaurte y de cada uno de los municipios que componen este departamento.
Donde el Pacífico deje de ser periferia.
Donde la frontera deje de ser límite y se convierta en oportunidad.
Donde la universidad vuelva a ser centro de pensamiento.
Donde el campo no sea únicamente productor de materias primas, sino territorio de innovación, transformación y conocimiento.
Y donde la política vuelva a tener una palabra que parece haberse extraviado: propósito.
Por eso, más que pedir hoy una respuesta, esta columna propone una pregunta.
¿Y si esta vez pensamos en Nariño antes que en los partidos?
Que hablen los gremios.
Que hablen las universidades.
Que hablen los municipios.
Que hablen los empresarios, los campesinos, los jóvenes, los trabajadores, las comunidades del Pacífico, los dirigentes sociales y los ciudadanos.
Que se discutan los nombres, pero también las ideas.
Que se revisen las hojas de vida, pero también las propuestas.
Que se examinen los equipos, pero también los resultados que se esperan.
Y que, por una vez, la conversación electoral no empiece preguntando quién tiene más poder, sino quién tiene una visión capaz de convocar a Nariño entero alrededor de un propósito común.
Porque quizá el problema no sea que Nariño carezca de talento.
Quizá el problema sea que todavía no hemos aprendido a poner ese talento al servicio de una visión colectiva.
Y esa, más que una consigna electoral, es una conversación que ya no podemos seguir aplazando.

