La publicación del libro Colombia ganadora. Estrategia emergente, de Alejandro y Sebastián Salazar, invita a cuestionar algunas de las creencias más arraigadas sobre nuestro país. Más que un diagnóstico, propone una manera distinta de pensar el desarrollo nacional: dejar de administrar las limitaciones para comenzar a construir ventajas.
Mientras leía el libro, inevitablemente pensaba en Nariño.
Desde la creación del departamento hemos convivido con límites que no solo son geográficos, sino también políticos y, sobre todo, mentales. Durante décadas hemos aceptado una narrativa que nos presenta como un territorio periférico, pobre y dependiente. Esa forma de entendernos ha condicionado nuestras decisiones y, en buena medida, explica por qué seguimos ocupando los últimos lugares en muchos indicadores de desarrollo.
Es momento de cambiar el enfoque. Durante años hemos celebrado la disminución de la pobreza como el principal indicador del éxito de un gobierno. Sin desconocer su importancia, ese objetivo resulta insuficiente. La verdadera pregunta debería ser otra: ¿cuánta riqueza estamos siendo capaces de crear?
Pensar en pobreza es administrar una consecuencia; pensar en riqueza es construir sostenibilidad.
Nariño necesita una declaración colectiva a favor de la generación de riqueza. Eso significa fortalecer el empleo, el emprendimiento, la inversión privada, la innovación y el conocimiento. Significa comprender que el desarrollo no puede depender exclusivamente del Estado ni de la contratación pública, que hoy sigue siendo uno de los principales motores de la economía regional.
La riqueza no es un problema moral. Por el contrario, es la condición que permite financiar mejores servicios públicos, reducir la pobreza de manera permanente y ofrecer oportunidades a las nuevas generaciones.
También debemos aprender de quienes han logrado transformar sus territorios. Antioquia, por ejemplo, construyó ventajas competitivas en sectores como la salud, la innovación, la cultura y el emprendimiento. No se trata de copiar modelos, sino de comprender que es posible convertir fortalezas locales en motores de desarrollo.
Nariño posee activos extraordinarios. Nuestra diversidad territorial —Costa Pacífica, Sierra y piedemonte amazónico— constituye una ventaja competitiva única. Tenemos café, cacao, turismo de naturaleza, riqueza cultural, biodiversidad, talento humano y una ubicación estratégica para integrarnos con el Pacífico y con Ecuador. Sin embargo, seguimos sin comprender plenamente nuestro lugar en Colombia y en el mundo.
A ello se suma una dificultad histórica para relacionarnos entre nosotros mismos. Persisten barreras culturales, problemas de comunicación e incluso expresiones de racismo que limitan la construcción de un proyecto regional compartido. Un departamento ganador necesita reconocerse en su diversidad antes de proyectarse hacia el exterior.
La educación también debe responder a esta visión. Resulta alentador que instituciones como la Universidad Cooperativa de Colombia, campus Pasto, hayan abierto programas relacionados con la producción de café, alineando la formación profesional con las vocaciones productivas del territorio. Ese es el camino: universidades comprometidas con la región y con la generación de valor agregado.
Pero ninguna estrategia económica será viable sin condiciones básicas de seguridad y legalidad.
Hoy, en amplias zonas del departamento, las reglas impuestas por las economías ilegales tienen más fuerza que las del Estado. Sin seguridad no hay inversión; sin justicia no hay confianza; sin infraestructura no existe competitividad. La paz también requiere control territorial efectivo y presencia institucional permanente.
Por ello, el desarrollo de Nariño debe construirse desde un modelo endógeno que fortalezca simultáneamente las dimensiones económica, humana, ética, ambiental y social. La riqueza debe producirse respetando los límites ambientales, promoviendo la formalización y garantizando sostenibilidad. También exige coherencia: resulta contradictorio condenar toda actividad productiva legal mientras se guarda silencio frente a la explotación ilegal que destruye ecosistemas y financia organizaciones criminales.
Otro desafío consiste en fortalecer una clase media educada e independiente, capaz de generar empresa, innovación y empleo. Una sociedad excesivamente dependiente de la contratación estatal termina condicionando incluso su comportamiento político. La autonomía económica también fortalece la democracia.
En este contexto, preocupa que el Pacto Territorial por la Paz y la Vida, una hoja de ruta con proyectos estratégicos para el departamento, continúe sin la financiación necesaria para materializar sus objetivos. Nariño fue el último territorio en suscribir este pacto y hoy el verdadero desafío consiste en convertir esa planificación en inversiones concretas.
Sin embargo, existen razones para el optimismo. Esta semana se conoció la consolidación del Observatorio Astronómico de Pasto y la llegada del telescopio más grande de Colombia. Es un proyecto impulsado por el profesor Alberto Quijano que fue posible gracias al respaldo institucional del entonces gobernador Raúl Delgado y del alcalde Harold Guerrero. Ese es un ejemplo de que cuando existe visión, gestión y continuidad institucional, Nariño puede liderar proyectos de alcance nacional.
Ser un departamento ganador no significa desconocer nuestros problemas. Significa cambiar el lente con el que los observamos. Debemos dejar de definirnos únicamente por nuestras carencias y comenzar a construir una identidad basada en nuestras capacidades.
Nariño no necesita administrar mejor la pobreza. Necesita producir más riqueza. Ese debería ser el gran propósito colectivo de las próximas décadas. La transformación comienza en cada nariñense.
Cambiar la forma de pensar y de liderar nuestra sociedad será el primer paso para transformar a Nariño. No se trata del cambio convertido en eslogan de campaña ni de las promesas que se repiten en cada elección. Se trata de una transformación profunda que comienza en cada persona, en su manera de actuar, de relacionarse con el territorio y de asumir su responsabilidad frente al futuro.
Este es un llamado a cada nariñense para que piense y actúe de acuerdo con sus convicciones, y para que haga, desde su corazón y su inteligencia, aquello que considere necesario por esta tierra.
No podemos seguir esperando que primero cambie el Gobierno nacional, la Gobernación, las alcaldías o la política. Debemos comenzar por exigir más de nosotros mismos. Cada persona puede ejercer liderazgo desde el lugar que ocupa, reconocer las riquezas del departamento, visibilizar las buenas acciones y aportar a la construcción de una sociedad más fuerte.
En este propósito nada es pequeño. Todo esfuerzo cuenta, toda acción es valiosa y cada iniciativa puede contribuir al cambio. Nariño necesita miles de liderazgos cotidianos que trabajen con un mismo propósito: hacer grande al departamento.
Nariño no puede resignarse a ser pobre. En su gente existe grandeza, talento, creatividad y capacidad de resistencia. Esa grandeza debe ser reconocida, agradecida, respaldada y convertida en una fuerza colectiva.
Llegó el momento de recuperar la rebeldía de los nariñenses: una rebeldía contra la mentalidad de pobreza, contra el trato despectivo y centralista que muchas veces hemos recibido, contra la dependencia, el conformismo y las formas tradicionales de hacer política.
No se trata de una discusión entre derecha e izquierda. Se trata de comprender que el sistema regional debe cambiar y que ningún sector político, por sí solo, podrá construir el futuro que necesitamos.
Debemos volver sobre nuestras historias de grandeza, estudiarlas y reconocerlas, pero no para quedarnos atrapados en el pasado. La memoria solo tiene sentido cuando sirve para avanzar. Nariño necesita una visión de largo plazo, capaz de unir generaciones y territorios alrededor de un nuevo proyecto regional.
Hemos atravesado momentos de oscuridad, pero precisamente gracias a ella podemos reconocer el valor de la luz. Esa luz está en quienes trabajan, emprenden, investigan, producen, enseñan, crean cultura, defienden la legalidad y sirven a sus comunidades.
El futuro de Nariño no llegará por decreto ni será un regalo del poder central. Se construirá desde cada municipio, cada vereda, cada empresa, cada universidad, cada familia y cada ciudadano.
Es tiempo de pensar distinto, de actuar con valentía y de creer nuevamente en nosotros. Es tiempo de construir un Nariño ganador. Y gracias por leernos. Nariño en 10 minutos.



