Este fin de semana estuve en Tumaco y tuve la oportunidad de observar una faena de pesca. Mientras esperaba junto a los pescadores, conversé con uno de ellos y me dijo dos frases sencillas que se quedaron dando vueltas en mi cabeza: “El agua trae a los pescados” y “la pesca es suerte”.
La primera recolección no fue abundante. La red volvió casi vacía. Sin embargo, nadie parecía dispuesto a abandonar. Había que continuar, volver a intentarlo y, si era necesario, seguir hasta la noche. Esa escena me permitió entender que detrás de la pesca hay mucho más que una actividad económica: hay paciencia, fuerza, fe, esfuerzo y, sobre todo, esperanza.
Entonces pensé que pescar se parece mucho a vivir.
“El agua trae a los pescados”, decía aquel pescador. Y quizá la vida también trae sus propios frutos. Nos trae oportunidades, personas, alegrías y aprendizajes, pero también dificultades, pérdidas y penas. No podemos controlar todo lo que viene con la corriente. Hay momentos en los que lanzamos la red y vuelve llena, y otros en los que, después de esperar durante horas, encontramos muy poco.
También las olas llegan y se van. Así ocurre con muchas cosas en la vida. Llegan las alegrías y después pasan; llegan las dificultades y también terminan alejándose. Nada permanece exactamente igual.
Por eso, cuando aquel hombre afirmó que “la pesca es suerte”, comprendí que esa suerte no significa quedarse esperando en la orilla. Para encontrar los peces hay que estar en el mar. Hay que lanzar la red, esperar y volver a intentarlo. Si la primera faena no funciona, se entra nuevamente. Si es necesario, se continúa hasta la noche.
La vida también exige esa insistencia.
Muchas veces esperamos resultados inmediatos y nos frustramos cuando la primera red regresa vacía. Pero los pescadores de Tumaco me recordaron algo elemental: esperar no significa quedarse quieto. La esperanza también consiste en actuar, insistir y tener la fortaleza para volver a comenzar.
Tal vez no podamos decidir qué trae el agua, pero sí podemos decidir si volvemos a entrar al mar.
Y quizá allí está una de las enseñanzas más sencillas y profundas de aquella tarde en Tumaco: la vida, como la pesca, exige saber esperar sin dejar de intentarlo.

