Por Nina Portacio.
En la vida te puedes encontrar con infinidad de personas. De las que te observan, te respaldan y te responden siempre y sin reparos, por muy ocupadas que estén o en el cargo que ocupen. De las que aunque no haya tiempo te ayudan a quitar obstáculos y te abren puertas o ventanas, te despejan caminos. De las que te hablan claro, directo y preciso. Mario Cepeda Bravo para gracia de muchos es de esos y más que eso: un facilitador de los procesos. Lo resalto con ahínco; porque en esta misma vida también te cruzas con personas que son y hacen, exactamente, todo lo contrario.
Conocí a Mario conduciendo un triciclo rojo en la casa de sus abuelos: Don Sofonías Cepeda y Doña Melania Bravo (que en paz descansen), junto a todos sus hijos: Narciso (Q.E.P.D.), Buenaventura, Gines, Elida, Neira, Myriam (Q.E.P.D.), Lucy y Gemita Cepeda Bravo. Todos ellos fueron mis vecinos de infancia y de alguna parte de mi adolescencia.
En ese tiempo los más pequeños del barrio jugábamos en una calle de Pupiales a la rayuela, a las canicas, al Jazz con fichas y bolita, al trompo, a saltar lazo, al balón, a la rueda de llanta girada con palo, a ula ula con rueda de plástico, al tope y a montar en bicicleta a plena Luz de la tarde después de terminar las tareas escolares. En esa época casi no habían carros; con excepción de la camioneta Jeep Wagonner modelo 1965 color verde del profesor Jeremías Reina que conducía Don Raúl Erazo. De hecho, sus hijos Javier y Jairo Erazo Cepeda eran los primeros en apuntarse a cualquier juego en la calle mientras su hermana Dorita con sus coletas rosadas nos observaba por la ventana. Las vecinas Cielo Tovar y Yanira Tapia también salían para equilibrar el género, Fernando Arcos con su Shopper y Hernán Reina se unían según el juego para armar grupo. Juancho Belalcázar en ocasiones correteaba en medio de todos. Yolima y Ailsa Chamorro se juntaban al relajo cuando lograban fugarse de su padre por el garaje definiéndose como expertas saltadoras de lazo entrando a la de tres y con giro al tiempo. Efrén Bastidas un poco más grande pasaba casual o nos observaba desde la puerta de su casa. Y ahí estaba Mario Cepeda quien subía y bajaba en su triciclo rojo por el andén de las casas del vecindario entre tanto el resto discutíamos eufóricos en plena calle, porque alguien pisó o no la línea de tierra del cuadro de la rayuela o cuando la cacha no cayó donde tocaba, ya que por ese motivo, uno perdía el turno o el juego. Las reglas eran muy estrictas y ni Jairo ni Fernando nos permitían pasarnos una milésima del milímetro de la norma. El juez de juegos del barrio se enojaba si no se cumplían a cabalidad las leyes lúdicas establecidas y ahí se acababa toda algarabía callejera. Fueron juegos cortos pero ¡instantes felices! del barrio. Todavía sonrío al recordar varias escenas de aquellos tiempos cuando paso por esa calle. Aunque ya no la habitamos los de entonces, por momentos, el pensamiento evoca a quienes hacían que ese lugar fuera tan especial.
Los serpenteos de la vida nos distanciaron a todos. El estudio, el trabajo, la cotidianeidad y el labrar un futuro que ahora casi es pasado. Pero yo no olvidé a ninguno de los jugadores de rayuela, ni al niño del triciclo rojo ni a mis vecinos de infancia de la carrera tercera, entre calles octava y novena, de mi Pueblo. A todos y cada uno de ellos los fijé con mente eidética y los llevó en el corazón de la calle de ese barrio frente a la casa de granito.
Me reencontré con Mario sin encontrarnos muchos años después. Fue a finales de Noviembre de 2019 cuando recibí una llamada de él invitándome a escribir algo en un periódico. Para entonces, yo no sabía que mi vecino que conducía el triciclo rojo por los andenes del barrio tal cual un Ferrari sin frenos ahora era un Abogado con Maestría y el Fundador & Director de Página10.
Desde esa llamada de Noviembre tuve que aparcar mis recuerdos divertidos de infancia y aprender a conocer a Mario desde el punto de vista colaborador profesional y más específicamente desde el escenario periodístico. Desde esa formalidad, lo he observado con atención sigilosa. Lo más sorprendente ha sido su amabilidad y Don de gente cada vez que debemos interactuar en versión digital por textos o columnas para publicar o por algún tema de interés. Esos rasgos gentiles no se consiguen de la noche a la mañana; van sujetos a valores nobles y arraigados desde la infancia. En lo personal, su calidez me sorprende sobre manera, porque en la sociedad actual esos gestos se diluyen y se perciben cada vez menos. Por estos tiempos todo es tan acelerado e internauta qué tal parece que un saludo educado en redes sobra, los formalismos ya son vintage y los abrazos o el café se volvieron cibernéticos.
Por esa razón, percibo que Mario tiene un Don que no es de muchos. Puesto que conlleva una decencia subyacente que se mantiene bastante vigente a pesar del acelere del mundo. Él aplica al pie de la letra la urbanidad de Carreño y tiene el talento natural para olfatear el Norte de las cosas, para pausar el tiempo e identificar el significado de lo importante. El impulso de innovar y servir de Puente para alcanzar objetivos, en un intento por ayudar a construir más allá de lo inmediato y la sutileza férrea para moverse en entornos complejos. Tal vez por eso, Mario ha construido un sueño periodístico navegando en un mar de cambios e incertidumbres fluctuantes. Pero ha sabido sortear la marea y el oleaje para dirigir el barco a buen puerto con muchos o pocos a bordo.
Los reconocimientos al periódico que dirige y en diferentes espacios lo confirman. Página10 se ha convertido en otro referente periodístico en el Departamento de Nariño que surgió por su compromiso regional, y que destaca en diferentes escenarios a nivel nacional.
En cambio a mí, que me pego de cualquier añoranza para sentarme a escribir y todavía no me resigno al olvido de las cosas; de repente, me asalta la imagen de Mario Cepeda Bravo pedaleando a toda marcha en ese Ferrari rojo por los andenes de aquella calle del barrio.
Mario, gracias por este espacio periodístico digital que sostienes donde músicos, poetas y locos de Nariño podemos coexistir con tranquilidad entre el pasado, el presente y el futuro de la región y del País. Gracias por ser el Personaje principal de Página10.



